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Martes 21 Noviembre de  2017 09:16

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Se estima que actualmente un 35 por ciento del territorio argentino está afectado por procesos de erosión hídrica y eólica, lo que representa alrededor de 100 millones de hectáreas. Si a esto se lo analiza a escala global, el impacto de los procesos erosivos ha producido el aumento de la degradación de suelos en un 80 %, en un período que comprende desde el año 1990 hasta la actualidad. Se trata – fundamentalmente - de un marcado incremento de procesos adversos, que están conspirando contra la sustentabilidad de los modelos productivos actuales. La erosión hídrica es el proceso que más ha crecido en este último cuarto de siglo, duplicando sus consecuencias sobre los suelos, y llegando a extender la problemática a un total de 35 millones de hectáreas. Por su parte, el crecimiento de los procesos eólicos fue algo menor, aunque igual o más significativo en términos absolutos, sometiendo a 13 millones de hectáreas de suelo a condiciones de pérdida de capacidad para las producciones. A escala mundial, se presentan una serie de grandes desafíos a resolver – con cierto grado de urgencia – para garantizar la sustentabilidad de los suelos de cara a las próximas décadas, a las generaciones del mañana. Se trata de tomar medidas que permitan asegurar la capacidad productiva de los suelos, y de resguardarlos de posibles daños mayores que puedan acentuar aún más los procesos de su empobrecimiento. Uno de los grandes retos está anclado a la necesidad de producir mayor cantidad de alimentos en menor tiempo, para una población mundial cada vez más extensa y heterogénea en sus preferencias y elecciones ante el mercado. En sintonía con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por su sigla en inglés) para alimentar una población mundial de 9.100 millones de personas - estimadas para el año 2050 – será necesario aumentar la producción de alimentos en al menos un 70 por ciento más que la actual. Esto demandará un avance más agresivo sobre las porciones de tierra destinadas a la producción de alimentos, generando mayores tensiones entre la producción y el hambre, el uso de la tierra y su conservación, el aumento de la población en detrimento de los recursos naturales, los cuidados paliativos a una tierra sacudida por el cambio climático y la total explotación. A estas fuertes contradicciones, deberán añadirse aquellas producidas por la conversión de la tierra agrícola en urbana, las pujas por la producción de energía y materias primas, y las re-configuraciones y migraciones de los actores, que plantearán cambios de escenarios a un ritmo acorde a las necesidades demandadas por una población en constante crecimiento. La mirada también deberá concentrarse en la corriente de crecientes importaciones de alimentos, fibras y madera, que ejercerá fuertes presiones sobre la biodiversidad de los ecosistemas más ricos, entre los que se destacan los de nuestro país. La tala de bosques, el sobrepastoreo y los incendios están incrementando los procesos de degradación de suelos y desertificación ambiental. En este sentido, los ambientes más áridos como los de nuestra Patagonia pasarán por mayores períodos de sequía importante que acentuarán aún más los efectos no deseados. Será necesario, además, establecer estrategias de ordenamiento territorial de grandes espacios geográficos para atenuar los efectos de la variabilidad y el cambio climático. Acciones para reconfigurar los espacios pretenden mitigar los ya conocidos efectos de la sobrepoblación, la contaminación y el abuso hacia los recursos naturales. En el caso de la provincia del Chubut, recobra vigencia ante eventos de sequías severas y prolongadas, y caída de cenizas, como las acontecidas en los últimos años, y que aún hoy persisten. Las pérdidas de lana y carne, se traducen en pérdida de rentabilidad para los productores, de puestos de trabajo genuinos, tanto en el campo como en la industria, y por lo tanto, una disminución en el ingreso real de la familia rural. Para el control de la desertificación se desarrollaron las tecnologías de manejo extensivo como la evaluación forrajera y planificación predial, las que encontraron en las tecnologías de teledetección un fuerte apoyo. Si se mira a la provincia como un todo, se deben intensificar las producciones en las áreas de mayor potencial, como son los valles, los mallines y la precordillera. Y ante los vaivenes climáticos, erráticos e impredecibles en ambientes áridos y semiáridos, comenzar a incorporar como práctica habitual la suplementación forrajera. El escenario para una transformación de las prácticas es alentador. Por ello, debemos garantizar una ganadería ovina y bovina extensiva sustentable, que preserve el recurso suelo, genere ingresos a los productores, y les permita seguir viviendo en sus territorios, mejorando su calidad de vida, preservando su ambiente. PRENSA INTA CHUBUT

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