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Jueves 23 Noviembre de  2017 11:54

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Qué mejorar como profesor

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La profesora estadounidense Alexis Wiggins, directora de formación de un colegio internacional, experimentó la vida del estudiante secundario poniéndose en sus zapatos. ¿Cómo es un día cualquiera en el colegio para los alumnos? He cometido un terrible error. He esperado 14 años para hacer algo que debería haber hecho durante mi primer año de docencia: seguir los pasos de un alumno durante un día entero. Soy tutora de estudios de un instituto secundario, un nuevo puesto en este centro educativo, creado este año. Mi tarea consiste en trabajar con los profesores y directivos para mejorar los resultados de los alumnos. El director sugirió que “me convirtiera en alumna” durante dos días: tendría que seguir y hacer el trabajo de un alumno de primer año de secundario durante una jornada completa y de uno de quinto, en otra jornada distinta. Si había alguna lección o notas en el pizarrón, las copiaba todo lo rápido que podía en mi cuaderno. Si teníamos laboratorio de química, hacía las prácticas con mi alumno guía. Si había un examen, lo hacía como cualquiera. Mi horario de clase como alumna de primer año era el siguiente: de 7.45 a 9.15, Geometría. De 9.30 a 10.55, Español. De 10.55 a 11.40, Almuerzo. De 11.45 a 13.10, Historial Universal. De 13.25 a 14.45, Ciencias Integradas. Como alumna de quinto tengo el mismo horario pero con Matemáticas, Química, Inglés y Administración de empresas. Fue tan revelador que me gustaría poder volver atrás, a todas esas clases de alumnos que he tenido durante mis años de docencia y cambiar el orden, el plan de clase, las preguntas para verificar la comprensión de los alumnos... ¡cambiarlo casi todo! A continuación les cuento lo que aprendí... y lo que me gustaría haber hecho de otra forma. Los alumnos están todo el día sentados y es agotador No podía creer lo cansada que estaba cuando terminé el primer día. Estuve sentada casi todo el día menos el momento para ir y volver de clases. Cuando somos profesores se nos olvida porque estamos mucho más tiempo de pie. Pero los alumnos no se mueven casi nunca. Al final del día, no podía dejar de bostezar. Sentía la irrefrenable necesidad de estirarme. Tenía pensado volver a mi oficina y tomar notas, pero estaba tan agotada que no podía hacer nada que implicara esfuerzo mental (así que me fui a casa a ver televisión) y me metí en la cama a las 20.30. Si pudiera volver atrás y cambiar mis clases, haría tres cosas: Estiramientos obligatorios en clase. Pondría un aro de básquet detrás de la puerta y animaría a jugar durante los primeros y últimos minutos de la clase. Incorporaría una actividad práctica y activa en todas las clases del día. Sí, es cierto que sacrificaríamos parte del contenido al hacerlo, pero no pasa nada. De todas formas, al final del día, después de estar todo el día sentada, tampoco conseguí asimilar la mayor parte del contenido. Los alumnos de secundaria escuchan de forma pasiva cerca del 90% de las clases Yo solo seguí el ritmo de los alumnos durante dos días, pero mis dos alumnos-guía me aseguraron que las clases a las que asistí eran las típicas. En ocho de las clases de secundaria, apenas hablaron. Los alumnos pasaban la mayor parte del día pasivamente, absorbiendo información. Pregunté a Cindy, mi guía de primer año, si sentía que estaba haciendo grandes contribuciones a la clase o si, cuando faltaba, la clase extrañaba los beneficios de su conocimiento. Se rió y me dijo que no. Me di cuenta de la poca autonomía que tienen los alumnos, en qué poca medida eligen o dirigen su aprendizaje. Si pudiera volver atrás: Ofrecería mini-lecciones breves, tipo relámpago, con actividades interesantes como evaluación del aprendizaje para poder seguir sus pasos. Pondría en marcha un cronómetro cada vez que empezara a hablar. Cuando finalizara el tiempo, pararía. Procuraría que cada clase se iniciase con preguntas surgidas del debate del día anterior o de la lectura de la tarde, para escribirlas en el pizarrón, y elegir en grupo por cuál empezar. Eso es lo que más lamento: no haber empezado cada clase así. Se siente casi como un inútil durante todo el día Perdí la cuenta del número de veces que nos dijeron que nos calláramos y prestáramos atención, y empiezo a sentir pena por los alumnos porque, en parte, están reaccionando a estar sentados escuchando todo el día. Intentá pensar en algún congreso al que hayas asistido que haya durado varios días, y recordá, al final del día, esa necesidad de desconectar, salir corriendo, charlar con un amigo, contestar e-mails. Así es como se sienten generalmente los alumnos durante sus clases. Que ya han tenido bastante. Además, los profesores se dirigían a los alumnos con bastante sarcasmo y me di cuenta, no sin sentirme incómoda, que yo había hecho lo mismo en muchas ocasiones. Me exasperaba cuando había examen y varios alumnos me preguntaban lo mismo. Ponía los ojos en blanco y contestaba: “Está bien, lo explicaré una vez más...” Ahora que yo era la que me iba a examinar, estaba estresada, nerviosa. Tenía preguntas. Y si el profesor respondía poniendo los ojos en blanco, no quería preguntar nada más. Si pudiera volver atrás: Profundizaría en mi experiencia como madre, donde encontré pozos de paciencia y amor que no sabía que tenía, y recurriría a ellos para tratar a alumnos con dudas. Podemos abrir más la puerta o cerrarla para siempre. Haría público mi objetivo personal de “sin sarcasmo” y pediría a los alumnos que me lo recordaran si no lo cumplía. Planificaría cada actividad formal con un período de cinco minutos de lectura en el que los alumnos pudieran hacer las preguntas sin poder escribir. Tengo mucho más respeto por los estudiantes después de pasar un día siendo de nuevo uno de ellos. Los profesores trabajan duro, pero ahora creo que los esforzados discípulos los superan. Tengo la esperanza de que más profesores lleven a cabo esta actividad de convertirse en alumnos por un día y compartan sus impresiones, para que así tengamos estudiantes más comprometidos, atentos y equilibrados en nuestras clases.

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