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Los astronautas llevan casi 15 años orbitando la Tierra. ¿Cómo pasan sus días en un laboratorio flotante? Enterate lo extraordinarias que se vuelven las cosas más simples, como alimentarse o dormir, cuando se vive en el espacio. Cuando los humanos nos mudamos fuera del planeta, somos los extraterrestres. Y cuando se vive en el espacio exterior, lo raro es la norma. Pensemos en algo tan elemental como dormir. Cuando un ocupante de la Estación Espacial Internacional (EEI) se dispone a hacerlo, se mete en una bolsa atada a una pared en un cubículo privado del tamaño de un baño de avión. “En la Tierra, cuando uno se mete en la cama al final de un largo día, de inmediato se relaja”, dice el coronel Mike Hopkins, quien regresó en marzo de 2014 luego de una misión de seis meses en la EEI. Pero en el espacio no hay gravedad ni manera de acostarse. “Nunca se tiene la sensación de liberar peso de los pies, ni tampoco ese alivio emocional”, añade Hopkins. Dormir en la EEI es todo un reto. El primer problema es si se quiere tener los brazos dentro o fuera de la bolsa. Si uno decide dejarlos fuera, flotarán libremente en la gravedad cero, lo que dará el aspecto de una bailarina de ballet aturdida. “Yo soy del club de los brazos adentro”, afirma el coronel. “Me gusta dormir bien arropado”. Desde noviembre de 2000, media docena de hombres y mujeres viven y trabajan en órbita todos los días dentro de la EEI, un centro de investigación tan grande que puede verse desde la Tierra cuando surca el cielo nocturno. Y es una operación conjunta: mitad estadounidense, mitad rusa. La navegación y las operaciones se comparten, y el papel de comandante se alterna entre un cosmonauta y un astronauta. Rusos y estadounidenses suelen mantenerse en sus respectivos módulos durante la jornada, pero a menudo se reúnen para comer y charlar después del trabajo. En la EEI, lo ordinario se vuelve extraño. La bicicleta de ejercicio no tiene manubrio, ni tampoco asiento. Sin gravedad, no se necesita ninguna de las dos cosas para pedalear con fuerza, aunque hay que atar los pies a los pedales. Se puede ver una película en una laptop flotante mientras se pedalea, pero hay que tener cuidado de no permanecer demasiado tiempo en un solo sitio. Sin gravedad que ayude a la circulación del aire, el dióxido de carbono que los astronautas exhalan tiende a formar una nube invisible alrededor de sus cabezas, lo que después de un rato les produce jaqueca. Y aunque la comida a bordo es mucho mejor de lo que era hace 15 años, la mayor parte de ella sigue siendo envasada al vacío o enlatada. La llegada de algunas naranjas en una nave de abastecimiento cada cierto número de meses es motivo de celebración y júbilo. “Atención, Houston, aquí la Estación. Buenos días. Estamos listos para la CPD”. Es una mañana de julio de 2014, y quien saluda al Control de Misión es Steven Swanson, comandante de la estación estadounidense. Cada jornada empieza y termina con una conferencia de planeación diaria, o CPD. Aunque los astronautas viven y trabajan en la EEI, no la dirigen; quien lo hace es el Control de Misión en Houston y Moscú. Y la vida a bordo se administra mediante hojas de cálculo: la jornada de cada astronauta está planeada minuto a minuto y con tareas específicas. Los astronautas “entran” a trabajar a las 7:30 de la mañana y “salen” a las 7 de la noche. Se supone que deberían tener libres los fines de semana, pero dedican los sábados a limpiar la estación. Aunque los astronautas tienen un alto nivel educativo y están muy motivados, todo el día están realizando tareas, algunas de ellas divertidas e intelectualmente desafiantes (como hacer experimentos junto con científicos en Tierra) y otras tediosas (como registrar los números de serie de los desperdicios antes de lanzarlos a la atmósfera para que se incineren). Nadie se hace astronauta para tener que vaciar el contenedor de orina o cambiar los filtros de aire. De 2003 a 2010, una decena de astronautas, que sirvió en la EEI, llevó un diario como parte de un estudio sobre la vida en ambientes extremos. Los diarios anónimos revelan a hombres y mujeres encantados con la vida en el espacio, si bien en ocasiones aburridos o enojados. “Tuve que reírme de mí mismo en los procedimientos de hoy”, escribió un astronauta. “Para cambiar un foco tuve que usar gafas protectoras y una aspiradora de mano. Esta es útil si la bombita llega a romperse; sin embargo, los focos están encerrados en cajas de plástico, y aunque alguno se rompa al cambiarlo, los fragmentos quedan encapsulados. Además, tuve que sacar una foto del foco instalado antes de encenderlo. ¿Por qué? ¡No tengo la menor idea! Es solo que así hace las cosas la NASA”. “Ha sido una semana bastante tediosa”, escribió otro. “El tiempo previsto para hacer mis tareas era insuficiente a todas luces. Al hablar hoy con alguien del Control de Misión, me di cuenta de que no entiende cómo trabajamos aquí”. Esa es una queja muy común, por supuesto. Los soldados en el frente tienen una idea de cómo va la guerra, y el mando general tiene otra. Con todo, los astronautas no se cansan nunca de ver la Tierra girando. Uno escribió que se detuvo frente a una ventana y quedó tan cautivado con la vista, que no se movió de allí una órbita completa. “He estado mirando la Tierra como si fuera un visitante extraterrestre”, escribió otro. “¿En qué lugar aterrizaría y cómo intentaría hacer contacto?” Los diarios dejan en claro que seis meses de estancia en el espacio es mucho tiempo: sin la familia y los amigos, sin alimentos frescos, sin sentir la luz del sol, la lluvia y los placeres de la gravedad; mucho tiempo de atadura a las tareas de mantenimiento del cuerpo y de la estación, en una nave sin baño ni lavandería. Debido a esto, la NASA ha tenido que estar más atenta a la moral de los astronautas. La EEI cuenta con teléfonos para que los tripulantes llamen a quien deseen, siempre y cuando sea conveniente, y sus familias reciben un iPad programada para videoconferencias privadas. Además, los astronautas tienen conversaciones privadas con los psicólogos de la NASA una vez cada dos semanas. La EEI está equipada también con películas y libros. Pero Ed Lu, uno de los miembros más antiguos de la tripulación, decidió que no iba a pasar su tiempo libre haciendo algo tan mundano como leer un libro de bolsillo. La singular experiencia del espacio es volar: no la nave espacial en sí, sino volar uno mismo, dentro de la nave. Eso es lo que te vuelve un astronauta de verdad: la increíble liberación de la fuerza gravitacional. “No sé si alguna vez volveré aquí”, recuerda haber pensado Lu. “Quería hacer cosas que nunca podría hacer en la Tierra, como aprender a volar mejor y hacer acrobacias”, dice. “Escogía un módulo de la nave y me decía a mí mismo: ‘Cada vez que pases por este módulo, volá sin tocar las paredes’. Elegía un compartimiento y pensaba: ‘Cada vez que pases por este compartimiento, hacé un giro doble’”. “Vivir en G cero es muy divertido”, afirma Sandra Magnus, quien ha hecho tres vuelos espaciales. “En el espacio, las leyes de Newton gobiernan tu vida. Si estás haciendo algo tan simple como escribir en una laptop, ejerces fuerza sobre el teclado y terminas empujado lejos y flotando. Tienes que anclarte a algo con los pies”. “La gravedad es una herramienta de organización indispensable”, dice Magnus, “y uno no la aprecia hasta que vive sin ella”. A esta astronauta le gustaba cocinar para sus colegas en la estación y crear platos nuevos con los alimentos que la NASA les suministraba. “Se necesitan horas”, señala. “¿Por qué horas? Pensá en esto: cuando cocinás, a menudo tirás cosas a la basura, y tardás segundos porque la gravedad te permite hacer eso. Sin gravedad, en cambio, tenés que recurrir al ingenio. Yo pego la basura a un trozo de cinta adhesiva, pero, aun así, deshacerse de los desperdicios lleva una eternidad”. Cuando estás en G cero, todos los líquidos de tu cuerpo lo están también, así que los astronautas suelen acabar acatarrados o con la cara hinchada por el líquido que se acumula en sus senos nasales. La gravedad cero también causa pérdida de masa ósea. Los huesos se regeneran y crecen gracias en parte al trabajo que realizan cada día. Pero en el espacio, sin un peso que soportar, producen células nuevas a un ritmo más lento, por lo cual se adelgazan y debilitan. Una mujer posmenopáusica en la Tierra puede perder 1 % de masa ósea en un año; un astronauta varón o mujer puede perderlo cada mes. El antídoto es el ejercicio implacable. Los astronautas disponen de la bicicleta sin asiento, una caminadora y una máquina de pesas con capacidad de 272 kilos. Su programa de ejercicio es de 2,5 horas al día, seis días a la semana. Pero sudar dentro de la nave no es agradable. “En la Tierra, cuando andás en bicicleta el sudor te escurre por la piel”, dice Hopkins. “Allá arriba, el sudor se te pega; tenés charcos de sudor en los brazos, la cabeza, alrededor de los ojos”. Por eso los astronautas usan grandes pañuelos y toallas para secarse. “La ducha era una de las cosas que más extrañaba”. El objetivo del ejercicio es mantener saludables a los astronautas, pero también experimentar para el futuro. A la NASA le preocupan dos cosas: el tiempo de recuperación de los astronautas una vez que regresan a casa, y, sobre todo, cómo mantener la fuerza y la condición física durante los dos años y medio o más, que llevaría hacer un viaje de ida y vuelta a Marte. De hecho, encontrar la manera de llegar al planeta rojo con seguridad es el motivo de mucho de lo que sucede a bordo de la EEI. Esto se debe a que aún no entendemos todas las implicaciones de los vuelos espaciales de larga duración. “Hace cinco años tuvimos un astronauta que de repente dijo: ‘Oigan, mi visión ha cambiado. Llevo tres meses en este vuelo y ya no puedo leer’”, dice John Charles, del Programa de Investigación Humana de la NASA. Resulta que todos los líquidos que se desplazan hacia arriba en gravedad cero “empujan el globo ocular por atrás y lo aplanan”, explica. “Muchos de los astronautas se vuelven hipermétropes en órbita poco a poco”. La masa ósea y la capacidad aeróbica de los astronautas se normalizan en buena medida cuando regresan a la Tierra, pero sus ojos no. El capitán Scott Kelly y el coronel Tim Kopra están de pie, espalda contra espalda, sobre una plataforma de acero en el Laboratorio de Flotabilidad Neutra de la NASA, en Houston, vestidos con trajes espaciales. Una grúa los baja lentamente a una enorme piscina. Ambos pasarán seis horas bajo el agua, ensayando una caminata espacial y todas las etapas del reemplazo de una pieza del brazo robótico de la EEI. Es una tarea de mantenimiento que realizarán en el espacio en noviembre. Tardan 30 minutos en ponerse los trajes, cada uno de los cuales pesa 104 kilos. “¿Ves cómo cada astronauta tiene tres o cuatro personas ayudándole?”, señala el astronauta Kevin Ford. “En la estación, solo te ayuda una persona. El procedimiento para ponerse el traje espacial y salir por la escotilla es una lista de 400 pasos, y nadie quiere saltarse muchos de ellos”. Una caminata espacial es la experiencia máxima para un astronauta. Cuando sale de la estación, encapsulado en su traje, se vuelve un cuerpo astronómico independiente, una pequeña luna que orbita la Tierra a 28.000 kilómetros por hora. Cuando da el primer paso, se da cuenta de que está a 400.000 metros de distancia del mundo y de su hogar. Pero esa caminata también ejemplifica lo peligroso que es el espacio, cómo un simple conector desajustado puede causar una emergencia grave, o cómo una simple junta tórica puede llevar a la catástrofe, como ocurrió en el trágico accidente del transbordador Challenger en 1986. La NASA intenta reducir el riesgo eliminando las sorpresas de todas las secuencias de comandos, prácticas, aspectos de diseño, etc. La vida en el espacio no solo es más extraña de lo que la gente supone; es también más dura. La caminata espacial resume en cierta forma todo el programa de la EEI: es muy difícil, imponente y extrañamente tautológica. Los astronautas caminan en el espacio para mantener y reparar la estación espacial a fin de que los futuros astronautas tengan una base a la cual llegar. Y vuelan en el espacio debido a la ambición humana, porque nada desafía más nuestra capacidad y carácter que intentar llegar más lejos de lo que podemos ahora. Volamos en el espacio porque es el octavo continente. Volamos en el espacio como exploradores curiosos hoy porque es posible que mañana tengamos que volar como mineros o colonizadores. Estas ideas son de muy largo plazo, llevará siglos materializarlas y no permiten tomar conciencia plena de lo difícil que sigue siendo vivir, trabajar y viajar por el espacio. Damos por sentado algo que es cualquier cosa menos rutinario. Los astronautas experimentan esto todos los días. Un día en la EEI Mike Fincke pensó que sería divertido telefonear a uno de sus profesores del Instituto Tecnológico de Massachusetts. “La secretaria del profesor contestó la llamada”, cuenta el astronauta. “Me dijo: ‘Está ocupado en este momento’, y, tras una pausa, añadió: ‘Pero supongo que estás llamando desde el espacio, así que voy a comunicarte con él’”.