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Lunes 20 Noviembre de  2017 21:47

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Publicado por Julio Bevione “El mundo cada día está más revuelto. Ya no se puede vivir así”, me dijo con frustración José, un comerciante de 46 años. “Antes, las cosas eran distintas”. Señaló que ahora somos más impulsivos, y que cruzamos fácilmente el límite del respeto en la calle, en el trabajo y hasta en nuestro propio hogar. “Es cierto, el mundo ha cambiado. Pero, ¿qué es el mundo sino la suma de todos nosotros?”, le contesté a José, y lo invité a reflexionar. La violencia es parte de la realidad, está instalada en nuestras vidas, pero todos deberíamos preguntarnos de qué manera contribuimos al caos de cada día. Todos somos potencialmente violentos. A veces no creemos serlo porque asociamos la violencia con gritos y peleas, pero se puede ser violento de forma velada; por ejemplo, cuando tratamos de manipular a alguien o cuando lo castigamos con el silencio. Esa persona, al sentirse herida, responde con más ira, y nos enfrascamos en un combate silencioso que termina por hacernos infelices a los dos. “No fuimos educados para comunicar nuestras emociones; por eso, muchas veces nuestras palabras son como proyectiles, y tenemos actitudes violentas sin real- mente desearlo”, le dije a José, y le sugerí tres pasos sencillos para aprender a comunicarse con responsabilidad y en paz: ¿Cuáles son las situaciones que le despiertan cierto grado de violencia o enojo prolongado? Coméntelo aquí. Reflexionar. No es lo que pasa, sino lo que pensamos de una persona o una situación lo que nos hace enojar. Por eso es muy importante identificar nuestros juicios y opiniones, para reconocer que no son los otros ni lo que está ocurriendo lo que necesitamos cambiar, sino nuestras creencias. Las personas más agresivas suelen ser las que tienen más ideas preconcebidas sobre cómo deberían ser las cosas. Cuanto más flexibles seamos, más fácilmente podremos observar lo que pasa y reconocer lo que nos agrada o nos disgusta, pero sin dejarnos llevar por la ira. Si evaluamos, el otro tomará nuestro comentario como una crítica, y automáticamente se defenderá. Sentir. Ser capaces de definir lo que sentimos es la clave para lidiar con nuestras emociones negativas. Para expresar lo que estamos sintiendo, no basta con saber qué nos molesta, porque a veces lo que pensamos no coincide con lo que dice nuestro corazón. Debemos sentir, definir con claridad ese sentimiento y luego expresarlo de manera responsable. Pedir. Al reconocer lo que no nos gusta y los sentimientos que eso nos provoca, podemos expresar a los demás lo que necesitamos. No se trata de exigir, sino de ser más conscientes y respetuosos al pedir algo. Si lo hacemos con violencia, como una amenaza, el otro optará por someterse o rebelarse, y nada de esto aportará armonía. En cambio, si luego de expresar nuestro disgusto sin hacer juicios críticos, pedimos claramente lo que necesitamos, será más probable que los demás nos entiendan y respeten. Necesitamos darnos tiempo para comunicarnos de verdad, conectarnos con los demás, y no limitarnos a un peligroso intercambio de ataques y defensas. Debemos pensar menos en el “yo” y más en el “nosotros”, ponernos en el lugar de la otra persona y aceptarla tal como es. En definitiva, tendemos a actuar con violencia cuando queremos imponer nuestra razón. Pero si cambiamos la forma de comunicarnos, veremos cómo el respeto, la comprensión, la compasión y la gratitud irán reemplazando poco a poco los prejuicios, la agresividad y la desconfianza. Y con nuestro cambio, contribuiremos a un mundo menos violento.

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